PINTAR A RAPHAEL : UN LARGO CAMINO

Pintar a Raphael es un desafío continuo. En cierta medida tributo los propios retos del artista cada vez que sale a escena. Si no lo hiciera, malo. Debo seguirle si persigo reflejarlo. Debo vigilarle si no quiero perderlo de vista. Un mínimo despiste, una breve distracción… y todo se iría al traste, puedo quedarme sin los movimientos definitorios de su inagotable capacidad interpretativa. Pero decir todo esto no es decir que lo pinto con espejo, para eso ya están las fotos. Lo pinto con aroma, el de los teatros que albergan su voz. Por buscar la autenticidad de un artista tan veraz como él, podría atreverme a asegurar que en mis obras sobre Raphael esparzo entre colores pellizcos de un polvo fino de viejas tablas de escenarios. Me huele a escena, a candilejas, a focos. Es la vida entre contrastes. Siento el escalofrío de que él me prestara sus declaraciones de amor más sagradas: “Es una canción, un teatro… y a ti”.

El territorio pictórico de Raphael debe estar tan premeditado como si ideara la superficie de sus conciertos. Es toda una tarea de estrategia decidir hasta dónde lo llevaré en mis obras. Soy minuciosa eligiendo su destino material: qué papel, el lienzo más adecuado o el tamaño donde apresar lo mejor posible un espacio sin fronteras, el de su arte. Es la única forma de convertirlo después a un resultado espiritual, cuando consiga pintarle lo más difícil: la voz. En otro caso, me sentiría fracasada con inequívocos retratos, lograda una identidad indudable, pero sin aliento, sin respiraciones…

Cuido todos los detalles, está todo planeado como si pintarlo fuera un concierto; un concierto en el que se han llevado a cabo todas las pruebas previas, las del sonido, la iluminación, la coreografía... Afino hasta el lápiz. Y tomo la hoja como si fuera la misma parcela de alquiler que es su escenario. Hoy toca aquí, mañana allí. Hoy es la hoja rugosa y oscura de un desamor en carne viva; y mañana puede ser la lámina lisa y feliz de una gran noche, la textura idónea por donde deslizar el arco largo y dulce de unos violines. Si los oigo, entonces sí puedo decir que he terminado yo para que otra vez comience él. Aún lleva puesta la chaqueta… ¡Acaba de empezar Raphael!


Beatriz Galiano.

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