Siento una pasión desbordante por la pintura, el dibujo, la escultura, la escritura y la fotografía. Vivo en el mundo del arte. Al principio, tuve un impulso que me invitó a acercarme a un mundo lleno de color en estado puro. Y explorando en esa variedad cromática que existe en las Artes Plásticas, conseguí mis propios tintes, conquisté mi verdadero material. Siempre estoy en un constante aprendizaje, porque cada pincelada o trazo es un descubrimiento.

¿Dibujo, pintura o escultura? En mi caso, no quiero escoger, porque todo está unido. Cuando hablo de dibujo o pintura, menciono de la misma manera la escultura, porque todo tiene su relación y conexión. Para mí dibujar - que es el origen y la base de todo- también es esculpir, como puede ser al contrario, porque esculpir es aplicar inevitablemente el dibujo. Es uno de los medios de expresión más fascinantes que he conocido, por ello lo trabajo tanto. Y en la pintura, he tirado por la corriente de la acuarela, porque me encanta dominar la técnica pictórica más difícil que existe.

TRAS LAS HUELLAS DE RAPHAEL

Lo pinto como si lo persiguiera. Llevo años detrás de sus pasos, me atraen sus huellas. Raphael me ha hecho incansable. Una incansable de caminos tan largos como los suyos. El gran arte todo lo puede. Soy capaz de su noche y de sus sombras. Me atrevo con sus esquinas. Aguanto su intemperie. Le mido las distancias. Soporto el relente. Piso su escarcha. Con Raphael me merece la pena haberme perdido por laberintos que me han llevado incesantemente de un descubrimiento a otro. Conozco su ida, siempre de ida. Le he seguido tanto, que ya no sé volver de Raphael. Tanto y tanto, que ya no sé volver sin Raphael. Jamás sabré volver ni de Raphael, ni sin Raphael.

Mi interés como artista plástica por la inagotable expresividad de Raphael alcanza ya el grado de una verdadera persecución, tan persistente como la que él canta desde hace años  -y mira que son años-   en “Yo soy Aquel”. ¿Creerían que a veces llego a notar en mis pisadas… como la extraña sensación de que hicieran sonar el suave pianissimo de los primeros compases, algo tan mágico que me hace sentir llevar en mis pies el pulso prodigioso de unas manos maestras?  

Me solicito a mí misma su expediente en líneas y manchas, como si de una investigación policial se tratara. Me involucra a veces en una situación detectivesca con su arte, cosa que me fascina, que me empuja a indultarlo para que sea eterno. Sospecho que queda mucho por analizar, no me atrevo a decir cuánto, pero insisto en seguir explorando el horizonte de sus ojos, que miro frontalmente igual que si le fijara los míos en un imaginario interrogatorio: ¿Cómo haces, Rafael, para ser Raphael? ¡Ayúdame!

Me hallo ante un artista único. Mi planeta. Mi ídolo. Mi amigo. No me imaginaba tanta realidad en un sueño ni tanto sueño en una realidad. Soy consciente de lo que me está ocurriendo, es sorprendente e indescriptible, pero descubro una explicación sin palabras, de esas de “yo me entiendo”.

Como artista genial, pareciera haber tenido una maternidad de escenario, una gestación inhumana para nacer a lo inefable y dar luz a lo irrepetible.

Mucho antes de Sinphónico ya se hacía con la dirección, pues desde siempre fue un gran compositor de su público, ya que nos asigna, como a notas y a silencios dentro del pentagrama, la delgada línea de las filas de un teatro. Nos dispone in crescendo para la ovación. Y su mayor autoría es la apoteosis.
Me llena de emoción el sentir que él mismo es ya una canción, con su vida esparcida por “Volveré a nacer”, “Qué sabe nadie” o “Un día más”... Su voz le suena hasta en la mirada, tiene acento de países, pero cadencia de Andalucía.

Indago por la piel de Raphael en esas absolutas entregas del artista, que parece que me ofreciera hasta la posibilidad del tacto, la invitación para vendarle hasta la carne viva que canta.
Pintarlo para mí es sinónimo de admirarlo. Y escultóricamente hablando, Raphael me requiere de mucha atención. Es un volumen completo, sin lagunas, con informaciones constantes de su carácter inalterable cruzando los rasgos del tiempo.

Sin embargo, dibujo, pintura y escultura: todo está comunicado en Raphael, nada habita por su cuenta, las artes pierden con él su independencia. Se produce en su fisonomía la victoria rotunda de la personalidad.

La realidad estará siempre en la firma incesante de su éxito, tan sólido y seguro como en la destreza de la R de su autógrafo, la que sostiene todo su nombre.  Y, en definitiva,  el arte de Raphael es tan grande que ante su contemplación siento por igual la misma fe e incredulidad que me provocan los dioses. De alguna manera, confieso que yo voy a sus conciertos buscando meter mis dedos en la llaga de un milagro.

Beatriz Galiano Cáceres.

Dibujo a lápiz.




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